No sé ustedes, pero cuando yo era chica mi carta
a Santa Claus era muy corta y simple: una muñeca
Betsy Clark, un portafolio rosa para el colegio (me parecía
súper cool tenerlo como mochila), y si acaso, unos
china flats, esos zapatitos chinos que en los ochenta vendían
en los tianguis por 50 pesos. Y les puedo decir que fui
una niña feliz.
Ahora,
veo listas no sólo interminables, sino también
caras y complicadas: videojuegos, aparatos japoneses para
jugarlos, celulares, coches eléctricos de tamaño
casi real, etc., etc. Pero sobre todo, niños que
ya no saben ni qué pedir porque durante el año
ya les dimos ¡toooodo! Por eso las invito a que lean
el análisis de nuestro bbespecialista
Juan Pablo Arredondo —junto con el de expertos de
diferentes áreas— sobre este tema, ya que cada
vez más, nuestros hijos están perdiendo el
sentido del aprecio, del esfuerzo y del valor de las cosas.
Y la culpa no es de nadie más que de nosotros: los
regalos no el “valor” que tienen. Éste
fue un reportaje que pensamos precisamente para eso, para
ponernos a pensar.
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