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En
efecto, y por terrible que parezca, los padres tardamos un tiempo
en sentir verdadero amor por nuestros hijos. Propiamente no sentimos
ni amor ni nada más. A mí me pasó con Marina,
mi primera heredera, que nació en España. A diferencia
de un amigo –por lo demás un padre ejemplar- durante
el parto no pensé en la película Alien y lo atribuyo
a que mucho más aterrador que el parto mismo es el aspecto
de los médicos madrileños (el neonatólogo,
al que llegamos a apreciar, sólo se diferenciaba de un
grizzly en que fumaba de modo compulsivo).
Sin
embargo, como le ocurrió a mi amigo y a muchos conocidos
más, desde que la vi nacer hasta que pasaron unos días
fui, salvo por breves momentos, incapaz de descubrir verdaderas
emociones hacia mi hija, no obstante que pasé literalmente
todo el embarazo pensando cómo sería ese momento
feliz. |